Parte 1
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Parte uno: olor a ceniza... y memoria del polvo
El fuego que devoró nuestra casa no fue meras lenguas de llama, fue un monstruo hambriento que engulló las voces de mi madre, las risas de mi padre y mis libros que no alcancé a terminar de leer. Me quedé de pie ante los escombros y la ceniza cayó sobre mi pelo como nieve negra, y no lloré. No tuve lágrimas, tuve un vacío inmenso que empezó a expandirse en mi pecho hasta ocupar todo el espacio de la existencia.
Me llevaron a ese lugar que llaman «Orfanato», pero yo lo llamé «el Cementerio silencioso». Las paredes allí estaban pintadas de un color sombrío parecido a los rostros de las supervisoras, y el olor de la sopa quemada se mezclaba con el olor de la desesperación.
—Mariam... deja de mirar al vacío y cómete tu comida —dijo la supervisora Fawziya con una voz parecida al roce del óxido.
No me volví hacia ella, miré el rincón oscuro de la gran sala. Allí vi algo que nadie más vio. Vi a un hombre con ropa harapienta, sentado en el suelo y con un estetoscopio roto en la mano. Me miró con una sonrisa apagada y susurró con una voz que nadie más que yo oyó:
—Doctora Mariam... has llegado tarde a tu ronda matutina, los pacientes del ala derecha te esperan.
Miré mis manos vacías y, de pronto, ya no vi la sala ni a los huérfanos ni la sopa fría. Sentí el tacto de una bata blanca envolviéndome el cuerpo, y el bolígrafo que se quemó en la casa reapareció detrás de mi oreja.
Le dije a Fawziya con una calma inquietante: —Pídele disculpas a la supervisora, Fawziya, tengo una operación de urgencia... en la planta que tus ojos no ven.