Extraños en la ciudad
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Nadia se quedó clavada en el sitio, sintió la respiración del desconocido rozándole la nuca en aquella oscuridad implacable. El sonido de la puerta exterior al cerrarse aún resonaba en sus oídos como una sentencia de muerte. Intentó pulsar el botón de la linterna del móvil una y otra vez, pero la pantalla permaneció completamente negra, como si una fuerza invisible le hubiera arrebatado la vida.
—¿Quién eres? —su voz salió temblorosa y débil, pero no recibió más respuesta que un pesado silencio seguido del sonido de unos pasos que se alejaban con sigilo hacia el pasillo oscuro. Reunió valor y avanzó despacio, palpando las frías paredes, hasta llegar al gran ventanal. Apartó la pesada cortina y la pálida luz de la luna se coló para dibujar sombras extrañas sobre el suelo de madera.
Nadia miró hacia fuera y vislumbró la larga sombra de una persona con abrigo negro que abandonaba el jardín de la casa y desaparecía entre la densa arboleda. No había ningún coche, no se oía ningún motor, solo un silencio absoluto. Comprendió entonces que no estaba sola en aquel lugar apartado y que alguien sabía que estaba allí incluso antes de que llegara.
Con dificultad logró abrir la puerta exterior, que no estaba cerrada con llave, sino sujeta con una extraña pieza metálica que cayó en cuanto empujó la puerta. Nadia salió apresurada hacia su coche, con el corazón latiéndole como tambores de guerra. Decidió no abandonar la zona por completo, sino ir a un pequeño y modesto hostal en el pueblo costero para pasar la noche, pues la carretera a esas horas era peligrosa.
A la mañana siguiente, Nadia se dirigió al pequeño mercado del pueblo para preguntar por la Casa de la Costa. Su rostro agotado atraía las miradas. Se acercó a un tendero anciano y, en cuanto mencionó el nombre de la casa, el semblante de este cambió por completo. —Esta casa no trae más que problemas, hija mía —dijo el anciano mientras miraba a su alrededor con inquietud—. Su dueño desapareció hace tiempo y, desde entonces, vemos luces que salen de ella en las noches de ausencia y a extraños que la frecuentan con rostros que no nos resultan familiares.
Mientras Nadia hablaba con el anciano, sintió unas miradas penetrantes clavadas en ella. Se volvió y vio a un hombre de mediana edad, con ropa elegante que no encajaba en aquel lugar, sentado en un café de enfrente y observándola con intensa atención. Sostenía en la mano un cigarro cuya brasa no se apagaba y, tras sus gafas oscuras, sus ojos no se apartaban de sus movimientos.
Nadia regresó al hostal y descubrió la mayor sorpresa. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Entró con cautela y encontró sobre la cama otro sobre verde, pero esta vez estaba abierto. Dentro había una foto antigua de su padre estrechando la mano del mismo hombre al que había visto en el café hacía un momento. Y detrás de la foto, una frase escrita con frialdad: «No todo el que te sonríe es tu amigo... Murad conoce la verdad que buscas, pero la verdad tiene un precio que no puedes pagar».
Nadia salió al balcón a tomar aire y vio al hombre —Murad— de pie en la calle justo frente al hostal. Se quitó el sombrero ante ella con un gesto que sugería un respeto teñido de amenaza y luego señaló con la mano hacia el mar.
En ese instante sonó el móvil de Nadia, que hasta hacía un momento no funcionaba. El número aparecía como desconocido. Contestó con la respiración entrecortada y esta vez le llegó con nitidez la voz de su padre, esa voz cansada que conocía tan bien: —Nadia... ¡huye ahora! Murad no es más que el principio, y la caja que encontraste en el sótano es la clave de su perdición... ¡No te fíes de nadie, ni siquiera de tu sombra!
La llamada se cortó de golpe y Nadia miró hacia la calle; ya no vio a Murad, sino en su lugar un enorme coche negro que se dirigía a toda velocidad hacia la entrada del hostal, ¡como si pretendiera arrasarlo todo!