El encuentro esperado
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(Inicio: marzo de 2030 - ubicación indeterminada, cabaña hecha de incertidumbre)
El tiempo, para Rital, no era más que trazos de lápiz que podían borrarse. No veía el mundo como un tejido sólido de hechos físicos, no. Lo veía como la página de un viejo cuaderno, de bordes amarillentos y deshilachados, y todo lo que había sobre ella no era más que un boceto que podía cambiar con la presión de un pulgar o con un suspiro de aburrimiento.
Esa era la maldición del Toon Force.
La maldición que había hecho que Rital al-Ghitani, la niña de 14 años que era entonces, viviera encerrada en un silo hecho de hormigón frío y vacío cognitivo, a miles de kilómetros de El Cairo atronador, cuya atmósfera dominaba su hermana gemela, Ruay, con misterio y leyenda.
Rital era una niña enferma de existencia.
Estaba sentada frente a un espejo roto, el espejo que le devolvía la verdad borrosa de sus facciones: el mismo cincelado delicado de los huesos del rostro que tenía Ruay, la misma amplitud oscura de los ojos, pero en Rital había algo más, algo mecánico, como si se moviera a una tasa de fotogramas superior a la normal. Sus pestañas aleteaban a una velocidad que provocaría vértigo a cualquier ser ordinario, y su sonrisa, cuando aparecía, tensaba la piel de su rostro de un modo más cercano al dibujo animado que a la expresión humana.
—No te comportes como si fueras real— esa era su voz interior que gritaba, la voz que resonaba en su mente desde que tenía 6 años.
2034: La profundidad de lo irreal
El lugar se llamaba «Operador Cero». Era una entidad administrada desde el subsuelo, cuya única misión era mantener a Rital en estado de equilibrio e impedir que deshiciera la realidad que la rodeaba por puro aburrimiento.
El Doctor Iván, el hombre que había pasado los últimos 20 años estudiando las Anomalías, siempre describía el poder de Rital con un lenguaje médico y seco: —Es un foco católico de caos de probabilidades. Cuanto más reía, más a punto estaba la gravedad de suicidarse.
Un día de invierno, Rital estaba harta de escuchar las conferencias de Iván sobre la «responsabilidad del ente existencial».
Iván estaba de pie frente a una pantalla holográfica que mostraba la composición molecular del Cubo del Vacío —una herramienta para el control de la energía—, y Rital estaba sentada en una silla metálica y fría.
—Quiero salir —dijo Rital con voz serena, como un susurro que llegara desde detrás de una pantalla.
—Rital, sabes que tu salida provocará un caos irreparable. No eres como tu hermana...
Entonces la calma estalló. Pero no fue una explosión sonora ni luminosa.
Rital cerró los ojos, y cuando los abrió, no había ningún cambio visible en la habitación, salvo que el Doctor Iván, que había estado de pie frente a ella, se había vuelto plano. En el sentido literal.
Iván se había transformado en una hoja de cartón, de no más de un milímetro de grosor, suspendida en el aire a metro y medio de altura. Sus facciones, antes de que la realidad lo abandonara, eran las de un estupor dibujado con una precisión aterradora sobre la superficie de papel.
Rital ladeó la cabeza y, con una sonrisa deformada en la que los dientes excedían el número normal, dijo: —¿No soy como mi hermana? Entonces ¿por qué os comportáis como si fuera una pieza de ajedrez?
El Toon Force se activó como si fuera un tsunami de colores invisibles.
Rital extendió la mano y sacó del aire a Iván aplanado y lo estrujó en su puño. El cartón se arrugó con un sonido semejante al de abrir una bolsa de patatas fritas en una sala de cine silenciosa.
Ese sonido era más aterrador que cualquier grito. Porque ese sonido anunciaba el fin de las reglas de la física.
La enorme puerta de acero de la sala se abrió de pronto de forma caricaturesca: se partió por la mitad y adoptó la forma de una H invertida, y se hundió bajo el suelo como un ascensor averiado.
Rital salió, y la luz roja de la alarma de peligro en los largos pasillos no emitía una luz real, sino líneas rojas zigzagueantes, como si alguien las hubiera dibujado con el trazo temerario de un lápiz.
2040: La migración hacia atrás (El hilo cortado)
Rital se desplazaba a una velocidad vertiginosa, no solo física, sino también temporal.
Cada dos años en la realidad ordinaria equivalían a 6 meses de aburrimiento concentrado en su mente. Necesitaba ser vista, necesitaba demostrar que no era solo un ser dibujado.
Desde 2034, había estado desplazándose entre continentes, impulsada por un instinto poderoso hacia la fuente original de su poder: El Cairo, y su hermana gemela.
Pero sus movimientos siempre habían sido puntos anómalos en los registros del mundo.
En Moscú, 2039, apareció un informe sobre la desaparición completa de una torre de telecomunicaciones, que fue sustituida por un «faro luminoso» gigante hecho de gelatina de colores. Las autoridades lo atribuyeron a «efectos atmosféricos raros» pero Rital sabía que no era más que un gesto absurdo suyo para matar el tiempo.
En Roma, 2040, testigos vieron a una chica corriendo a gran velocidad sobre los tejados, y cada paso que daba dejaba tras de sí huellas gigantes que hacían un sonido de «¡pum! ¡pum!» que retumbaba en las calles estrechas.
Cuanto más se acercaba a Egipto, más sentía la energía de Ruay. La energía de Ruay era pesada, firme, como el sonido de un viejo violín que tocaba una sola nota invariable. En cambio, la fuerza de Rital era como miles de niños golpeando tambores sin ritmo.
La Entidad, que intentaba rastrearla, utilizaba el «protocolo de la Criba Temporal». Intentaban recoger los restos temporales que dejaba tras de sí.
Pero Rital siempre iba un paso por delante, o quizá tres dimensiones por delante.
2045: En el umbral de Egipto (El Ruido Controlado)
Rital llegó a la frontera egipcia en otoño de 2045. No como infiltrada, ni disfrazada. Entró de la única manera que conocía: abriendo directamente una puerta en el aire.
Abrió la puerta en un punto sobre el Sinaí. El lugar era desértico, tranquilo, no había más que arenas petrificadas bajo la luz oblicua del sol.
Una sola mirada de Rital a la arena la transformó al instante en fina arena de playa, de color azul claro.
Llevaba una vieja chaqueta de cuero, negra, pero sus detalles brillaban como si acabara de salir de un dibujo nuevo de Disney. Su cabello negro y oscuro caía alrededor de su rostro de forma dramática, y cada mechón se comportaba como si tuviera entidad propia.
—El país —susurró para sí, y la voz salió como un eco dentro de un recipiente metálico—. Huele como Ruay... como a metal frío y a electricidad.
Durante los meses anteriores, había estado observando a Ruay. No a través de pantallas, sino a través de los «agujeros de colores» que abría en el vacío. Veía a Ruay mientras afianzaba su control sobre una parte del mundo, mientras trataba con los Others, mientras afrontaba sus desafíos con la misteriosa fuerza que poseía (que en general tenía que ver con el control del tiempo y la energía).
Rital veía a Ruru con «celos funcionales». Ruay era importante. En cambio, Rital no era más que una broma cósmica que había perdido el camino.
Decidió que tenía que armar jaleo. No por fama, sino para que Ruay sintiera la «interferencia» en su ritmo.
El Cairo: 2046 (La Preparación Final)
En el transcurso de 6 meses, El Cairo se convirtió en un escenario abierto para Rital. Pero la gente no la veía en el sentido tradicional. Veían sus huellas.
Informe Central de Seguridad (Los Cinco que no Duermen) - 9 de mayo de 2046:
«Persistencia del fenómeno del “Ruido Controlado”. Ayer, desaparición completa del sistema del monorraíl n.º 4 en el eje de Al-Merghani. El tren fue hallado dos horas después, encajado dentro de la estatua de la Esfinge en Guiza, completamente transformado al color verde fosforescente y lleno de globos de helio en forma de animales marinos.»
Análisis Psicológico de los Hechos:
«El sujeto activo posee una capacidad para manipular la masa y el espacio-tiempo de un modo que supera la propia fuerza de Ruay al-Ghitani. Sus actos tienen un carácter burlesco, lúdico y de desprecio por las reglas de la lógica. No parece que busquen causar daño, sino más bien llamar la atención a gran escala.»
Ruay, en su despacho secreto bajo el Nilo, se sentía angustiada. Observaba el mapa térmico de El Cairo, que se iluminaba en lugares extraños.
Hablaba con su consejero (autómata/humano): —Estas vibraciones no son normales, Murad. Esto no es obra de los Mutants comunes. Esta energía... no tiene fuente. Es como si viniera de la nada.
Murad respondió con voz mecánica y serena: —Señora Ruay, este patrón se ha repetido mucho en nuestros registros antiguos. Siempre que aparece una gran fuerza, tiene un ruido de fondo. Pero este ruido... es el ruido principal.
Ruay se tocó la frente. Desde hacía 3 semanas, todas las tazas de café que bebía se transformaban en el último momento en «leche con menta y sabor a cacahuete». Era una molestia absurda, pero una molestia personal.
—Esta Entidad está jugando conmigo. Pero no juega conmigo con las mismas reglas —dijo Ruay en tono cortante.
Rital y el Encuentro Inminente (5 de junio de 2046)
Rital estaba sentada en la Torre de El Cairo, no en su cima, sino en uno de los soportes de hierro que sobresalían de ella como una espina. Tarareaba una vieja melodía que no emitía sonido, pero provocaba una sensación de vértigo en los ángeles que la observaban desde el séptimo cielo.
De repente, empezó a dibujar en el aire con el dedo. Como si usara un pincel de tinta invisible.
El dibujo era el rostro de Ruay. Pero Rital le había añadido detalles exagerados: los ojos de Ruay brillaban tanto que dolían, y sus labios estaban torcidos en un gesto de fastidio eterno.
—Eres como una pared —dijo Rital al dibujo imaginario—. Dura y clara. Yo soy como la ola de calor que borra los colores.
Extendió la mano a una velocidad sobrehumana y «quitó» el dibujo del aire. Aquella lámina, que no era más que energía compuesta, se transformó en su mano en una vieja campana de bronce.
—Este es el anuncio de mi llegada, Ruru.
La campana de bronce se elevó a una velocidad demencial sobre el cielo de El Cairo. Y a las 4 de la madrugada, Rital hizo sonar la campana.
El sonido no era el de una campana. Era el sonido de la realidad al desgarrarse.
La onda sonora se propagó. No era sonora, sino codificada. Aquella onda atravesó todos los sistemas de vigilancia de El Cairo y penetró directamente en las redes internas de Ruay.
El mensaje era sencillo, escrito en un viejo lenguaje de programación, pero grabado en rojo ígneo sobre cada pantalla:
«12 de marzo de 2016. El lugar donde naciste. La cita: 8 de junio del 46. Venga, ven a jugar conmigo, alma gemela olvidada.»
8 de junio de 2046: Plaza de la Gemela (el No Lugar)
El día era soleado, pero el propio sol se comportaba de forma extraña. Viraba sus colores hacia el violeta y el azul claro en momentos ilógicos.
Ruay llegó al lugar acordado: un hospital abandonado en las afueras de Heluán, un sitio famoso por las viejas historias sobre nacimientos misteriosos. El lugar donde había nacido Ruay —que ella supiera—, y el lugar donde habían ocurrido los detalles de «otro nacimiento» aquella misma noche.
Ruay llevaba su armadura ligera, y el Temporal Focus —su dispositivo de control temporal— estaba en estado de alerta máxima. Sus ojos estaban afilados y su piel irradiaba una leve energía.
Entró en el hospital. Estaba en ruinas, pero no por el abandono habitual. Las paredes estaban combadas, el suelo se movía lentamente bajo sus pies, como una ola.
En medio del gran vestíbulo de recepción, Rital estaba de pie.
Estaba sentada en una mecedora gigante, la silla se mecía sola y emitía un leve crujido como el zumbido de un insecto que intenta volar.
Rital jugaba con una pelota pequeña, una pelota de baloncesto cuyo tamaño aumentaba y disminuía en su mano a cada segundo.
En cuanto los ojos de Ruay se posaron en Rital, Ruay sintió un choque de reconocimiento.
No era un reconocimiento del rostro. Era un reconocimiento del alma.
Era como si se viera a sí misma en un espejo, pero un espejo en el que la vida la había deformado de forma paralela, de forma pesadillesca.
La ropa de Rital era extraña. Un vestido corto negro, con rayas blancas que se movían solas. Unas zapatillas brillantes que emitían un leve «pitido» con cada movimiento.
Rital levantó la vista y miró a Ruay. Una sonrisa amplia y enfermiza se dibujó en su rostro.
—Bienvenida, Ruru del país. Por fin has venido. Tenía ganas de verte desde hace mucho.
Su voz era musical, pero tenía una leve «vibración», como el sonido de una vieja cinta de casete que se entrecorta y vuelve a empalmarse.
Ruay se recompuso. —¿Quién eres? ¿Y qué es esta payasada que estás haciendo?
Rital se rio. La risa era una sinfonía de sonidos distintos: sonido de campana, sonido de disparo, sonido de un niño llorando.
—¿Payasada? Yo soy el código que hace que este universo funcione, Ruru. Soy Rital, tu hermana gemela olvidada. ¿Cómo no lo supiste? Nacimos juntas. Yo soy el lado tonto que tuvo que esconderse para que el lado serio pudiera vivir.
Ruay dio un paso adelante. —Eso no tiene sentido. Estoy sola. Soy una sola fuerza.
—No, Ruay. Nuestro poder era tan fuerte que podría haber borrado a todo Egipto si se hubiera unido. Por eso nos separaron. Por eso me encerraron en la caja de cartón hasta que estuve lista.
Rital señaló hacia Ruay con el dedo. El propio dedo se convirtió de repente en una «pistola de señales» gigante, de un rojo chillón, de cuya boca salía una banderita que ponía: «¡Pum!»
Ruay se movió a una velocidad supersónica, lista para absorber la energía. Pero cuando la señal la alcanzó, no era energía.
Era memoria.
Un recuerdo intenso, vivo, doloroso. Los instantes del nacimiento, los rostros pálidos de los médicos al ver a dos niñas en lugar de una. Los susurros sobre «la mitad caótica» y «la mitad gobernante». La decisión de la separación.
—La Toon Force no solo cambia la realidad, Ruay. También cambia el archivo de la realidad —dijo Rital con calma.
Ruay retrocedió dos pasos, aferrándose a sí misma con fuerza para no descomponerse bajo el efecto de la memoria falsa/verdadera.
—No. Esto es manipulación...
—No, es la verdad —la interrumpió Rital, y se puso de pie.
Cuando Rital se puso de pie, la mecedora en la que estaba sentada se encogió de repente y se convirtió en una goma de borrar pequeña con forma de pato. Rital se la guardó en el bolsillo.
Rital era apenas un poco más alta que Ruay, pero irradiaba una energía extraña, una energía que hacía que Ruay sintiera que estaba en peligro real por primera vez en su vida. Un peligro cuya causa no era una fuerza física, sino un peligro existencial.
—Estás destruyendo el mundo, Rital —dijo Ruay en voz baja, intentando controlar su tono.
Rital ladeó la cabeza. —¿Lo destruyo? ¿O lo reconfiguro? Tú gobiernas el mundo con reglas, yo lo gobierno con ninguna regla. ¡Imagina lo divertido, Ruay! Puedes sacar del bolsillo cualquier arma que quieras. Puedes caer desde mil metros de altura y quedar ilesa. ¡Puedes... ser libre de la tragedia!
Rital saltó de repente por los aires. Saltó a una altura antinatural y quedó colgada del techo como un globo enorme. Pero en lugar de quedarse como un globo, regresó rápidamente con una maza gigante en la mano. Aquella maza brillaba como el oro y era cinco veces más grande que la propia Rital.
—Ven a probar, Ruru. Ven, juguemos a un juego solo tú y yo. El juego de borrar la seriedad.
Ruay sabía que si usaba su poder temporal —que dependía de la precisión y el equilibrio— frente al poder de Rital —que dependía del caos absoluto—, sería un enfrentamiento catastrófico para todo el universo.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué has aparecido? —preguntó Ruay.
Rital golpeó el suelo con la maza. El sonido no fue estruendoso. El suelo mismo, en cuanto lo tocó la maza, se transformó en gelatina que vibraba con violencia.
—Me harté. Me harté de ser solo un ruido de fondo. Tú eres la reina y yo la bufona. Pero es la bufona quien mueve los hilos de verdad, Ruay. Por eso la Entidad me tenía escondida. Porque sabían que si Ruay al-Ghitani descubría que el ilógico es lo que mueve a su hermana, tú misma empezarías a dudar de la fuerza de tus reglas.
Rital se quedó de pie sobre la gelatina temblorosa y comenzó a caminar de una manera cómica y aterradora a la vez. Sus pasos eran rapidísimos, como si corriera sin moverse del sitio.
—Quiero mostrarte que el mundo puede ser más hermoso cuando abandonamos la lógica. ¡Imagina, en lugar de seguir combatiendo ese mal con las aburridas reglas de la física, podríamos convertirlo en un ser de dibujos animados y darle con la chancla!
Ruay observó a su alrededor. Las paredes se derretían lentamente, los colores se convertían en manchas aceitosas y, en una esquina, apareció una "puerta" como dibujada con tiza, de la que salían extrañas risas.
Ruay tenía que tomar el control de la situación rápidamente, o todo el hospital y sus alrededores se convertirían en un teatro absurdo.
Ruay utilizó su poder: Congelación Temporal Parcial.
La gelatina bajo sus pies se congeló. La vibración se detuvo. Las risas desaparecieron. Incluso las partículas de aire alrededor de Ruay se volvieron lentísimas, moviéndose como si estuvieran en un jugo espeso.
Para asombro de Ruay, Rital no se congeló por completo.
Rital se movió, pero su movimiento era como el de un personaje de videojuego antiguo cuando la PlayStation se cuelga. Sus pasos eran entrecortados, pero continuos.
—Bien —dijo Rital, con la voz distorsionada por la lentitud—. El juego de la lentitud. Pero olvidas algo, Ruru, esas reglas funcionan con los seres normales. Yo no soy un ser normal. Soy una idea.
Rital levantó la maza gigante, que de repente comenzó a girar sobre sí misma a una velocidad demencial y se transformó en un círculo de fuego de dibujos animados.
Ruay comprendió el peligro: Rital no solo rompía las reglas, creaba nuevas reglas instantáneas para sí misma, reglas que pertenecían a otro universo.
—Rital, escúchame. Podemos hacerlo juntas... —intentó decir Ruay con lógica.
—¿Juntas? —gritó Rital, y su voz volvió de repente a la normalidad—. ¿Quieres que esté a tu lado como un fantasma para ti? No seré la sombra. Quiero la luz, quiero las cámaras, quiero que el mundo vea el poder verdadero. No tu estéril poder de la lógica.
Rital extendió la otra mano y, de repente, sacó de detrás de Ruay una máquina de escribir antigua gigante.
La máquina de escribir golpeó el suelo con fuerza. Y Rital comenzó a escribir en ella a una velocidad vertiginosa.
Estaba escribiendo el "guion" del encuentro.
Cada pulsación de una tecla provocaba un cambio en la realidad.
¡Tac! —el color del pelo de Ruay se volvió blanco momentáneamente.
¡Tac! —el suelo de gelatina se transformó en casillas de ajedrez gigantes de color rosa y verde.
¡Tac! —apareció una pequeña ambulancia en la esquina, de la que salía una molesta música de circo.
Ruay, mientras veía cómo la realidad era reescrita al instante, supo que aquel enfrentamiento no sería como ningún otro.
Tenía que penetrar la «lógica de dibujos animados» de Rital para llegar a la verdad que había detrás.
—¡El Ente te estaba usando! ¡Tenía miedo de que supieras que eres libre! —gritó Ruay.
La máquina de escribir se detuvo.
Rital levantó la mirada. La broma, lo absurdo, que había en sus ojos desapareció por un segundo. Tras ello aparecieron soledad, dolor, quebranto.
—¿Crees que no lo sé? —preguntó Rital, con la voz de nuevo infantil, quebrada.
—No me temieron porque soy fuerte. Me temieron porque comprendo. Comprendí que todas estas leyes del universo no son más que un frágil acuerdo. Y que toda la humanidad camina sobre una cuerda tensa que se llama la ilusión de la estabilidad.
Rital lanzó el martillo gigante al aire. El martillo se transformó en una nube de humo rosa y, cuando el humo se disipó, Rital sostenía un pequeño piano en el que tocaba una melodía triste.
—Quiero vivir lo absurdo para olvidar que soy normal, Ruay. Olvidar que no soy más que una gemela de la que se deshicieron.
La melodía se volvió más triste. Y de repente, el piano estalló. No con una explosión violenta, sino con una explosión de dibujos de corazones rotos y flores marchitas.
Rital estaba ahora de pie frente a Ruay, a un paso de distancia. El borde de la existencia entre las dos hermanas vacilaba.
—Tú combates el mal con las reglas, y yo combato las reglas con el mal. Unámonos. Vengamos a abolir todas las reglas. Construyamos un mundo nuevo en el que no exista nada que se llame “necesario” e “imposible”.
Rital tendió la mano hacia Ruay. Su mano estaba rodeada por un halo de color verde neón.
Ruay sentía la corriente caótica que venía de Rital atrayéndola. Ruay, que siempre había encarnado el orden, frente a la más grande encarnación del caos.
Ruay miró a Rital a los ojos. Sabía que aquella no era solo su hermana. Era la posibilidad perdida de Ruay.
—Si nos unimos, este mundo se acabará, Rital —dijo Ruay.
—¿Por qué? —preguntó Rital con sinceridad infantil—. ¿Por qué no dejamos que empiece?
Todo el lugar empezó a tambalearse. Las columnas de hormigón se transformaron en bastones de caramelo. Ruay supo que Rital empezaba a perder el control de su tristeza, y que esa tristeza se estaba convirtiendo en una extraña fuerza destructiva.
Rital sonrió por última vez antes de que sus ojos se volvieran de color amarillo de dibujos animados.
—El juego del tiempo se acabó, Ruru. Ahora quiero jugar al juego de la realidad.
Rital sacó del aire un fusil gigante viscoso, de color malva, que emitía un rápido sonido de «tiki-taka». Un fusil que no disparaba balas, sino borrado.
—Empecemos, querida hermana mía, a construir la era de lo absurdo.
La luz amarilla de dibujos animados que salió de la boca del fusil no apuntaba a Ruay, apuntaba al punto de origen en el tiempo y el espacio.
El enfrentamiento entre las gemelas al-Ghitani, el orden y el caos, aún no había hecho más que empezar, y su comienzo era el fin de todo lo lógico.