Los inicios que no advertimos
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La mañana no era distinta de las demás, pero Jalid sintió un peso extraño en el pecho al abrir los ojos. El mismo techo, la misma pared agrietada y el sonido de la llamada a la oración del alba que llegaba de la mezquita cercana con el mismo tono que recordaba desde su infancia. Todo estaba en su sitio, salvo su corazón, que parecía haberse quedado atrás, sin alcanzar a seguirse a sí mismo.
Se levantó despacio, hizo la ablución con agua fría que le devolvió algo de lucidez, y rezó. No pidió mucho, solo susurró: —Señor, guíame más hacia Ti—. No supo por qué lo dijo, pero le salió sincero, pesado, como si hubiera estado encerrado desde hacía tiempo.
Jalid era uno de esos que no se quejan. Trabajaba, volvía, dormía y despertaba para repetir el mismo círculo. No era un fracasado, pero tampoco había tenido el éxito que deseó. Sus sueños estaban aplazados, su risa era breve y sus palabras siempre medidas. Aprendió muy pronto que alzar la voz no cambia nada.
De camino al trabajo, pasó junto a una tienda antigua cerrada. Recordó a su dueño, un hombre que reía mucho y luego desapareció de repente. La vida no se despide de nadie como es debido, solo sigue adelante y te deja con las preguntas.
En la oficina, se sentó tras su pequeño escritorio. Expedientes acumulados, una pantalla de ordenador fría y compañeros que sonreían sin motivo aparente. Se sintió transparente, presente de cuerpo y ausente de alma. Y aun así, terminó su trabajo con esmero. Creía que descuidar lo que uno hace es traicionarse a sí mismo antes que ser una negligencia en el trabajo.
Al mediodía, salió a respirar aire. Miró al cielo, estaba más sereno de lo debido. Recordó un versículo que había oído muchas veces y que solo entonces comprendió:
Tu Señor te dará y quedarás satisfecho
Se preguntó: ¿cuándo? ¿cómo? ¿y acaso la aceptación llega después de la dádiva o antes?
Volvió a la oficina sintiendo que la propia pregunta era el inicio de un camino, y que el cansancio no era señal del final, sino indicio de que había que continuar.
Y en aquel momento, no sabía que aquel día corriente, transcurrido sin hechos dignos de mención, era el primer hilo de una larga historia… la historia de aprender la aceptación en silencio.