El principio
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Desde pequeña, era diferente…
No veía las cosas como las veían los demás, y no me encontraba en los colores vivos que ellos amaban.
Mientras ellos corrían hacia la luz, yo me sentía atraída hacia las sombras.
Nunca les tuve miedo, sino que sentía que se parecían a mí de un modo extraño.
La primera vez que vestí el negro, sentí que algo cambiaba dentro de mí…
Como si hubiera encontrado una parte perdida de mí.
No era solo un color sobre mi cuerpo, sino una sensación de pertenencia, de calma, de plenitud.
Y desde aquel momento, comenzó mi viaje…
Mi atracción por el negro no era una simple casualidad pasajera,
sino un sentimiento que se colaba en mí con suavidad, como si conociera mi camino antes que yo.
Observaba las cosas a mi alrededor…
Los colores vivos, las risas altas, la sencillez con la que vivían los demás,
pero no sentía que perteneciera por completo a ese mundo.
Había algo distinto dentro de mí,
algo que no se ve con facilidad, pero que siempre está presente.
En las noches tranquilas, me sentaba sola,
pensaba, observaba y sentía…
y me descubría más cerca de la oscuridad que de cualquier otra cosa.
La oscuridad no me resultaba aterradora,
sino sincera…
No finge, no halaga y no oculta su verdad.
Y con cada día que pasaba, me fui acercando más a ese sentimiento,
hasta que se convirtió en parte de mí…
una parte imposible de separar o de ignorar.