La puerta del Valle del Silencio
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Cuando Salim llegó a las afueras del Valle del Silencio en los últimos instantes del crepúsculo, sintió que el aire cambiaba de un modo antinatural, como si se hubiera vuelto demasiado pesado para respirarlo con facilidad. El cielo estaba cubierto de nubes grises, entrelazadas sobre los árboles secos como si intentaran ahogar la última luz. Se detuvo frente a un letrero de madera roto, rodeado de ramas retorcidas semejantes a dedos, con marcas de arañazos y palabras borradas a propósito. Mientras avanzaba con cautela, vislumbró las ventanas cerradas de las casas antiguas, y sus paredes agrietadas lo observaban como rostros silenciosos. No había ningún sonido salvo el latido de su corazón. De pronto, una sombra alargada se deslizó por uno de los muros y luego desapareció, dejando una sensación fría que le trepó por la nuca. Salim comprendió que aquella aldea no recibía a los extraños, sino que los aguardaba.