Parte 1
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Mariam creía que el peor tipo de silencio es el silencio que precede al derrumbe, y durante cuatro años había permanecido atrapada en su silencio literario. Pero el silencio que encontró en la cabaña era de otro tipo; pesado y frío, presionaba los oídos y dejaba un sabor amargo en la garganta.
No buscaba inspiración, sino que huía de una única frase que no dejaba de perseguirla: «no hay pruebas lógicas». Aquella frase con la que la policía había cerrado el expediente de la desaparición de su hermana menor hacía cuatro años, y que había destruido su fe absoluta en la fuerza de las pruebas y la lógica, era la misma que había secado la fuente de sus escritos policíacos. La cabaña, completamente aislada en una zona cuyo nombre ni siquiera conocía en el mapa, era el único refugio libre de pruebas.
Eran las tres de la tarde cuando llegó. La cabaña era de madera, vieja, ligeramente inclinada hacia delante como si respirara con dificultad. El alquiler era barato de un modo inquietante, pero Mariam no preguntó. Todo lo que quería era el aislamiento. Empujó la puerta de entrada, que emitió un chirrido agudo semejante a un grito, y la recibió el olor a madera podrida y a papel pintado desgarrado.
En el dormitorio, donde Mariam pasaría la mayor parte del tiempo, había un único mueble llamativo: el armario antiguo y enorme, hecho de una madera oscura como nunca había visto. Estaba cerrado con clavos oxidados firmemente fijados en el marco de madera, como si algo hubiera sido encarcelado tras él. Mariam, que no daba crédito a las leyendas, se encogió de hombros. Quizá no fuera más que una forma extraña de conservar un mueble viejo.
Dejó su maleta y luego se acercó al armario para examinarlo con su lógica habitual. Deslizó la mano sobre la madera fría, esperando sentir el relieve de los clavos, pero en su lugar sintió una vibración muy leve en el suelo bajo su pie, un ritmo regular semejante al redoble de un tambor lejano, o al golpe seco de un dedo sobre una mesa. Se detuvo y miró a su alrededor con agudeza por detrás de sus gafas, buscando el origen de la vibración: ¿era el viento? ¿O un defecto en los cimientos del edificio? No encontró nada.
Mariam encendió su ordenador portátil y abrió un archivo vacío. Se sentó ante la pantalla blanca en el silencio absoluto de la cabaña, esperando que llegara una palabra tras una larga ausencia. Esperó largo rato, pero el silencio era más fuerte.
Y de pronto, la vibración comenzó de nuevo desde el lado del armario, más cercana y más nítida esta vez. Y como una reacción extraña, los dedos de Mariam se lanzaron sobre el teclado. Una frase enigmática, luego una segunda, y una tercera. Aquello no era escritura policíaca, sino una novela de terror y fenómenos sobrenaturales de una oscuridad extrema.
«Las sombras se formaban tras el cristal polvoriento, no se veía su origen, pero allí estaban. Esperaban.»
Las palabras fluían, no eran sus palabras, sino frases y expresiones profundas y aterradoras que no supo cómo se le habían ocurrido. Cada vez que Mariam escribía una palabra nueva, la vibración sutil procedente del armario se duplicaba, como si fuera una señal de aprobación o un estímulo proveniente de una fuente extraña.
Mariam miró la pantalla con estupor, y luego al armario. Ya no pensaba en la lógica ni en las pruebas. Había vuelto a encontrar su propósito. Pero la pregunta que sembró la semilla del miedo en su mente fue: ¿era la cabaña la que le brindaba las ideas? ¿O era que el Ente que habita su antiguo armario había encontrado por fin una mano con la que escribir?
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