Capítulo 1
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Me acuerdo de ese día como se recuerdan las cosas importantes: sin exactitud, pero con una sensación persistente. Era una tarde lluviosa y el mundo parecía girar más lento, como si el tiempo también necesitara detenerse un momento para respirar. Había silencio, ese que no incomoda porque te deja a solas con lo que sos. Tenía el libro en las manos: Memento mori (latín), “recuerda tu muerte”, decía. Pero en ese momento yo solo quería recordar cómo se vivía.
Leía no para entender, sino para no sentirme sola. Pasaba las páginas como si cada palabra pudiera cerrar una herida antigua. Y entre letras me encontré a mí misma: llena de dudas, con esa sensación persistente de que el amor y la calma eran lugares lejanos, casi inaccesibles.
Hasta que lo conocí.
El aroma a calabaza y canela flotaba en el aire cuando entré a la cafetería. Afuera, el cielo tenía ese gris espeso que anuncia lluvia; pero adentro todo brillaba distinto: luces cálidas, vapor de espresso, murmullos suaves. Pedí un pumpkin latte —calabaza, leche descremada, canela y nuez moscada— más por nostalgia que por gusto. Siempre lo pedía cuando quería sentirme parte del otoño, aunque acá el otoño llegara con viento y hojas secas, no con películas y bufandas.
Mientras esperaba, alguien chocó conmigo. Una explosión de espuma y perfume a vainilla: su vaso cayó y el mío también, como si el universo hubiera decidido que el suelo necesitaba un poco de latte. Pensé que algunas personas llegan así: desordenando un poco, derramando lo que traíamos cuidadosamente sostenido.
—Perdón —dijo él, con una chaqueta llena de parches de planetas—. Estoy en otro mundo.
—Eso veo —le respondí, riendo—. O en otra galaxia.
Nos quedamos ahí, recogiendo vasos, hablando de planetas y cafés derramados, hasta que el barista nos preparó dos nuevos. Insistió en pagar el mío. Yo acepté, no por cortesía, sino porque me gustaba su forma de mirar las cosas, como si todo fuera un descubrimiento. Como si nada estuviera del todo perdido.
Nos sentamos en una esquina. Hablamos de Saturno, de películas espaciales y de cómo el café sabe distinto cuando lo compartís con alguien que te escucha de verdad. No interrumpía cuando hablaba; esperaba, como si mis palabras también merecieran espacio. Y en esa espera sentí algo inesperado: no urgencia, no miedo, sino una calma tibia. Por un rato no tuve que defenderme del mundo.
En su taza escribió con un marcador: “latte de calabaza con un toque de universo”. En la mía, antes de irse, dibujó un pequeño planeta con anillos. Un gesto mínimo, pero suficiente.
No volvimos a vernos. O tal vez sí, en otras personas, en otros gestos, en otras formas de cuidado. Pero desde ese día algo se acomodó distinto en mí, como una pieza que vuelve a encontrar su lugar sin hacer ruido.
Nunca supe si fue casualidad o destino, pero cada vez que tomo café con sabor a calabaza siento que el universo huele a canela. Y que, en alguna parte, alguien más también lo recuerda.
Durante mucho tiempo pensé que crecer era perder pedacitos de un rompecabezas: amistades, personas, sueños que ya no encajaban. Con el tiempo entendí que no todo lo que se aleja se pierde; hay cosas que cambian de forma. Que el amor no siempre llega para quedarse, pero a veces llega para recordarte que todavía sabés sentir, que todavía estás viva.
Y eso, incluso en una tarde gris, es una forma de luz.